El salario y el trabajo aunque van unidos de forma, casi, irremediable, no lo van en su retribución, pues normalmente, en la gran mayoría de los casos, la retribución obtenida por la actividad laboral es directamente proporcional al valor añadido generado por ésta. Por lo tanto, un trabajo con un importante valor añadido será mejor pagado que uno encaminado a tareas básicas o elementales de escaso valor añadido para la organización.

De ahí que a la hora de ir en busca de un trabajo, ver ofertas, presentarse a entrevistas, y demás, hay que ver el valor que para la organización en la que se pretende trabajar va a tener nuestra actividad, así como las posibilidades de promoción interna, pues es posible comenzar con una actividad de un valor reducido, como pueden ser tareas auxiliares, pero con la posibilidad de que nuestra preparación y conocimientos sean tenidos en cuenta por los superiores en un futuro próximo para tareas de mayor responsabilidad o con más generación de valor.

 Este punto, el de valor que se a generar a la organización, de forma inmediata o en un futuro a medio plazo, se debería tener en cuenta más que cuestiones como la distancia hasta el trabajo, la localidad donde este se encuentra, la disponibilidad para vacaciones y días libres, etc. Pues en último extremo, todas esas  cuestiones o bien quedaran solventadas con una retribución acorde a nuestras capacidades, o bien ese empleo algo más sacrificado que otros que podían haber sido también accesibles, nos va a proporcionar unos conocimientos y una experiencia muy interesantes para promocionar en otra empresa diferente cuando surja la oportunidad.